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El primer traductor de Edgar Allan Poe al castellano

El primer traductor de Edgar Allan Poe al castellano 
El primer relato de Edgar Allan Poe traducido al castellano fue «A Tale of the Ragged Mountains».  Apareció, a comienzos de 1853, con el título de «Una aventura en las montañas Rocheusesen» en la publicación parisina El Correo de Ultramar.   
 
El primer cuento del bostoniano publicado en el ámbito hispánico es «La semana de los tres domingos». Se incluyó en el periódico madrileño El Museo Universal a principios de 1857 con el título de «Three Sundays in a Week», sin mencionar al traductor y con los nombres de los personajes cambiados.
 
Sin embargo, la primera obra de
Edgar Allan Poe publicada en español no fue un relato sino su poema «The City in the Sea». Se publicó en una edición especial de El Avisador Malagueño en la primavera de 1852, con el título de «La ciudad en el mar». Su traductor fue un malagueño de madre española y padre estadounidense, y su traducción fue publicada de manera póstuma después de que hubiera sido rechazada por varios periódicos locales, entre ellos La Joven Málaga, periódico fundado por Antonio Cánovas del Castillo con apenas 17 años.    
 
En breve daremos a conocer en la Semana Negra en la Glorieta algunos datos interesante sobre la vida del primer traductor de Edgar Allan Poe al español. Mientras tanto os ofrecemos el poema original del escritor de Boston. Esta versión es la que se incluyó en la 10ª edición de The Poets and Poetry of America (1850) bajo el título de «The City in the Sea»
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Semana Negra en la Glorieta
 
The City in the Sea
By Edgar Allan Poe

Lo! Death has rear’d himself a throne
In a strange city lying alone
Far down within the dim west,
Where the good and the bad and the worst and the best
Have gone to their eternal rest.
There shrines, and palaces, and towers,
(Time-eaten towers that tremble not!)
Resemble nothing that is ours.
Around, by lifting winds forgot,
Resignedly beneath the sky
The melancholy waters lie.
 
No rays from the holy heaven come down
On the long night-time of that town;
But light from out the lurid sea
Streams up the turrets silently—
Gleams up the pinnacles far and free—
Up domes —up spires— up kingly halls—
Up fanes —up Babylon-like walls—
Up shadowy, long-forgotten bowers
Of scultured ivy and stone flowers—
Up many and many a marvellous shrine
Whose wreathéd friezes intertwine
The viol, the violet, and the vine.
Resignedly beneath the sky
The melancholy waters lie.
So blend the turrets and shadows there
That all seem pendulous in air,
While from a proud tower in the town
Death looks gigantically down.
 
There open fanes and gaping graves
Yawn level with the luminous waves;
But not the riches there that lie
In each idol’s diamond eye—
Not the gayly-jewell’d dead
Tempt the waters from their bed;
For no ripples curl, alas!
Along that wilderness of glass—
No swellings tell that winds may be
Upon some far-off happier sea—
No heavings hint that winds have been
On seas less hideously serene.
 
But lo, a stir is in the air!
The wave —there is a movement there!
As if the towers had thrown aside,
In slightly sinking, the dull tide—
As if their tops had feebly given
A void within the filmy heaven.
The waves have now a redder glow—
The hours are breathing faint and low—
And when, amid no earthly moans,
Down, down that town shall settle hence,
Hell, rising from a thousand thrones,
Shall do it reverence.



Agradecemos la sugerencia del vídeo al escritor Álvaro Valderas, quien participó en nuestra  VII Semana Negra en la Glorieta con un interesantísimo artículo titulado «¿León?, la novela negra y el mar.»
 

Auguste Dupin, el doctor Bell y Sherlock Holmes. Javier Alonso García-Pozuelo

Para Juan Mari B,
mi maestro en detectives decimonónicos.


Joseph Bell nació en Edimburgo el 2 de diciembre, de 1837, siendo hijo de Sir Charles Bell, célebre en el mundo de la Medicina por la descripción de la parálisis facial que lleva su apellido. 
  
Bell desarrolló toda su carrera como médico en su ciudad natal, donde además de cirujano de éxito, fue también editor del Edinburgh Medical Journal durante más de dos décadas.

Enseñó cirugía en la Royal Infirmary of Edinburgh y todos los viernes celebraba en el hospital una sesión clínica con pacientes externos a la que asistían numerosos estudiantes atraídos por su extraordinaria capacidad de deducción. A aquellas sesiones –en las que el doctor Bell era capaz de averiguar multitud de datos personales de los pacientes, a un primer golpe de vista– asistió el joven estudiante de Medicina
Arthur Conan Doyle.

Ese Dr. Bell es a quien Conan Doyle dedicó “Las aventuras de Sherlock Holmes”, el libro que contenía las doce primeras historias cortas de Holmes y que fue publicado en octubre de 1892.


Joseph Bell

Si a todo lo anterior, añadimos que el propio Conan Doyle mencionó en alguna que otra entrevista que Sherlock Holmes estaba basado en uno de sus profesores médicos, parece muy razonable pensar que para crear a su mítico detective se inspiró en el doctor Bell.

Sin embargo, lo que no podemos olvidar es que esas sorprendentes deducciones que exhibía Joseph Bell con sus pacientes se observan ya, en cierto modo, en algunos cuentos de Edgar Allan Poe y que es de sobra estudiada la enorme influencia que los relatos protagonizados por Auguste Dupin tuvieron en las narraciones detectivescas de Conan Doyle.

No tengo ni idea de si en la creación de Holmes influyó más el gran escritor norteamericano o el cirujano escocés, pero hoy, 2 de diciembre de 2020, este licenciado en Medicina y Cirugía, que se gana la vida como profesor y que últimamente se ha metido a escritor de novela policiaca decimonónica, no podía dejar de rendirle un pequeño homenaje al Dr. Bell.



Javier Alonso en Monterrey, México
Fotografía: Víctor Eduardo Hernández
es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Actualmente reside en Santo Domingo donde compagina su pasión por la literatura con su cargo como director académico para Latinoamérica en la escuela internacional AMIR. En los  últimos años ha impartido varios seminarios de Creación Literaria, Nacimiento de la Novela Policíaca, Historia del Siglo XIX y Lectura Crítica tanto en España como en diversos países de Latinoamérica. En febrero de 2017 publicó con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II de la que se han escrito decenas de reseñas -que puedes leer en Cita en la Glorieta, el blog colaborativo de historia y literatura que Javier dirige y edita- y que ha sido nominada a la mejor novela negra de autor novel en el Festival Morella Negra como la Trufa. A raíz de la publicación de su primera novela, ha participado en festivales de novela negra, en ferias del libro y en diversos clubes de lectura. Ha formado parte del jurado de diversos certámenes literarios, entre ellos el I Premio Tristán Solarte a la mejor novela negra publicada en el año 2018 en Panamá. En febrero de 2018 se publicó una edición en bolsillo de La cajita de rapé, (EmBolsillo, 2018) y actualmente se distribuye, además de en España, en varios países de Latinoamérica (Ecuador, Colombia, México, Panamá...). El 2021 saldrá a la venta su segunda novela, también protagonizada por el madrileño inspector Benítez.

 

La novela enigma, por Susana Gómez

Novela enigma 
Susana Gómez
Para esta nueva edición de la Semana Negra en la Glorieta, me gustaría hablaros de novela enigma, un tipo de narración policíaca que tiene unas características muy específicas. Para ello voy a hacer un artículo un poco injusto, porque solo voy a poder citar en él una pequeña muestra de escritores, dejándome otros muchos en el tintero que pueden ser igual de brillantes que los mencionados.

Hecha esta aclaración, quiero mostraros los requisitos fundamentales de este género.

El primero es contar con un investigador, alguien que no necesariamente tiene que ser un detective o policía, tan solo un personaje que nos guíe a lo largo de la historia encontrando las pistas y poniendo las cartas sobre la mesa.

Otro detalle importante es que el argumento contenga un delito, misterio o enigma a resolver, como el propio género indica, sin olvidar lo fundamental: que el lector, durante buena parte de la obra, desconozca el quién, el cómo, el porqué, e incluso en ocasiones el dónde.

Para eso están las pistas que iremos descubriendo a la par que el investigador, indicios que pondrán en juego nuestra capacidad de deducción y de observación.

Si habéis sido observadores, como espero, habréis visto que no he citado como requisito imprescindible contar con un criminal, y eso es porque en algún texto, si la cabeza no me falla, al final se llega a la conclusión de que no se ha cometido ningún delito, por lo tanto, tampoco puede existir un criminal; eso sí, con lo que siempre contaremos será con un buen número de sospechosos, peones de la trama con los que el autor jugará al despiste.
Y ahora que ya conocemos los conceptos básicos, dejadme que os hable de sus orígenes.
Los expertos o amantes de la novela de detectives, siguiendo las pautas anteriormente citadas, parece que lo tienen muy claro a la hora de catalogar un relato, pero yo que no soy ninguna experta creo que, en ocasiones, los límites son muy difusos, al igual que determinar con fecha exacta su origen.

¿Por qué digo esto? pues porque la novela enigma no es más que un tipo de narración ficticia con una manifestación delictiva que arrastra una investigación, por lo tanto, creo que su catalogación está cargada de obstáculos.
 
Por ese motivo os propongo un pequeño paseo a lo largo del tiempo, haciendo solo unas breves pausas en momentos puntuales, que nos permitan vislumbrar sus comienzos.

Cuando hablamos de obras policíacas clásicas a todos nos vienen títulos y nombres de autores famosos a la cabeza. Nuestra mente vuela hacia las historias de detectives del siglo XX, las que incluiríamos en la llamada Golden Age, pero antes de llegar a ese punto hay que retroceder algo más en el tiempo para conocer sus verdaderos inicios.

Podemos encontrar textos como "Edipo rey" de Sófocles, donde somos testigos de una investigación, pero no es hasta 1841 cuando nace el género policíaco, embrión de la actual novela negra. Fue en aquel lejano 1841 cuando Edgar Allan Poe, al que se considera como padre del relato policíaco, crea a C. Auguste Dupin, un personaje que revolucionará el género deductivo con su primera aparición en "Los crímenes de la calle Morgue". ¡Y ojo! que he dicho padre del relato policial, porque según los expertos la primera novela policíaca de la literatura universal es "Un asunto tenebroso", publicada un par de meses antes por Honoré de Balzac. Y aquí vuelvo a sacar a relucir la dificultar a la hora de catalogar una narración, porque a mí "Un asunto tenebroso" me parece más una historia de espionaje farragoso basada en un hecho real con tintes de novela negra, con lo cual algunos puristas, automáticamente la sacarían de esa catalogación.

A partir de ese momento, las novelas policíacas o que esconden algún misterio empiezan a surgir como hongos y muchos autores se suman a la moda...

En 1853 el gran Charles Dickens hace sus pinitos dentro del género, publicando una novela temprana de lo que después sería catalogado como Whodunit, género del que os hablaré después.

Esa historia lleva el título de "Bleack House", en castellano, "Casa desolada", e incluso algunos expertos se arriesgan a decir que pudo haber sido escrita en una fecha anterior a 1842, con lo cual, bautizar a un escritor como padre de la novela policíaca empieza a tornarse algo delicado, porque al género le están saliendo padres por todos lados.

Un poquito después, alrededor de 1860 llegan las "Sensation novel", esas narraciones escondían misterios y algún crimen, pero sobre todo, despertaban el morbo al dejar al descubierto secretillos y actos que la moralidad de la época no aprobaba. Aunque no seguían paso a paso el proceso indagatorio, sí ofrecían algunas pistas a los lectores para poder resolver el caso, por eso me ha parecido interesante incluirlas en esta reseña, porque dieron grandes escritores y obras como Mary Elizabeth Braddon creadora de "El secreto de Aurora Floyd"; Fortuné de Boisgobey con "El crimen del ómnibus" o Fergus Hume con "El misterio del carruaje", por citar solo a algunos de esa época.
Esas novelillas catalogadas con el título despectivo de novelas sensacionalistas, servían para matar el tiempo, aunque viendo el contenido de este artículo debería cambiar el verbo matar por pasar.

En 1887 nace de la pluma de Arthur Conan Doyle el genial y excéntrico Sherlock Holmes que llevará el género a su máximo esplendor. 
El personaje nos mostró que todas las pistas estaban a la vista, que debíamos interpretarlas de forma correcta, tal y como había sentado las primeras bases Dupin, pero también que los lectores muchas veces carecíamos del instinto sabueso y/o los conocimientos necesarios para dar con el criminal.

Y así, con esta compañía tan excepcional, llegamos al momento esperado, cuando surge ese nuevo tipo de novela que pasará a denominarse Enigma y/o Whodunit (¿quién lo ha hecho?), ofreciendo a los lectores una serie de historias que mezclaban entre sus páginas lo mejor de todos los géneros citados.

Nos encontramos en el periodo de entreguerras (1919-1939), el público necesita entretenerse, evadir la mente de la cruda realidad y no hay mejor modo de hacerlo que con un buen rompecabezas.

La ficción detectivesca brilla desde Londres a Nueva York, hemos llegado a la Edad de Oro, a la famosa Golden Age.

Los asesinatos y robos convierten la meta de encontrar al culpable en un juego intelectual.

Grandes plumas deslumbran en esta época y llenan las estanterías de atípicos detectives, entre ellas Agatha Christie, Chesterton, Annie Haynes, George Simenon o Dorothy L. Sayers.

A partir de ese momento llega el cambio, la novela enigma no desaparece, se transforma.

Atrás quedan enterrados los buenos modales y el respeto hacia el investigador; empieza a agravarse la tirantez entre el policía oficial y el detective aficionado; la descripción psicológica del asesino y la acción toman más fuerza en el relato. Lo único que no cambia es el móvil del crimen, el dinero sigue siendo el motor que impulsa a cometer el delito, seguido de cerca por los celos y el ansia de poder.

Ruth Rendell o P. D. James continuaron con el estilo, adaptándolo a los nuevos tiempos, demostrando que lo policíaco no era sinónimo de literatura barata, preservando el estilo para futuros lectores y escritores.
De esa forma, en nuestros días, vuelven a surgir plumas que rescatan las antiguas novelas y a sus protagonistas, como Sophie Hannah, que se ve con el suficiente valor para resucitar, eso sí, con permiso de los herederos, al grandísimo Poirot; o como Anthony Horowitz, que consigue lo mismo pero esta vez del Conan Doyle Estate, es decir, de los herederos de Doyle para continuar con las aventuras de Sherlock Holmes.

También tenemos a Stuart Turton que intenta emular o recuperar el estilo más aristocrático y elegante de la Golden Age con "Las siete muertes de Evelyn Hardcastle" o a Jessica Fellowes creadora de una saga, "Los crímenes de Mitford", que según los lectores parece prometedora.

Hay otros autores que, siguiendo ese código antiguo de mostrar las pistas desde el principio, han conseguido dar una nueva vuelta de tuerca creando un estilo propio, donde enigma y thriller van de la mano, pero a pesar de la gran calidad de textos que podemos encontrar de ese tipo, no pueden catalogarse como tal.

Es como las torrijas, las buenas, las de verdad, son las clásicas, no ese experimento nuevo que intentan colarnos recubiertas de chocolate...

El género enigma, el puro, el de sus comienzos, enfrentaba a detective y criminal en igualdad de condiciones.

El investigador solo contaba con su libreta, un lápiz y su inteligencia; el criminal su sagacidad y una habilidad sin par para escabullirse del escenario del crimen.

Después algo cambió...

Quizás opinéis que la evolución o la innovación, como queráis llamarlo, fue mínima, pero ya no fue igual. A esa fórmula perfecta se sumaron los métodos científicos y un nuevo escenario, los laboratorios; aunque la premisa principal, dar con el criminal, logró mantenerse, esos modernos elementos lo convirtieron en una nueva categoría que alejaba al lector de la posibilidad de dar con la solución, y por lo tanto con el criminal. ¡Reconocedlo! no en todos nosotros vive un pequeño CSI.

Si queréis un consejo, volved a los clásicos..
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Autodidacta, amante de la literatura y defensora del libro clásico.
Colaboradora ocasional con editoriales, talleres literarios y clubs de lectura.
Administra el blog de reseñas literarias Susurros de Bibliotecas
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Reseña de «Los crímenes de la calle Morgue», de Edgar Allan Poe

RESEÑA DE «LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE», DE EDGAR ALLAN POE
por Yolanda Rocha Moreno
Recuerdo muy bien la primera vez que me enfrenté a la obra de Edgar Allan Poe. Tenía apenas 11 años y pisaba por primera vez a la Feria del Libro de Madrid. Fascinada por el ambiente y la cantidad de libros pero sin un duro en el bolsillo, mi tía se apiadó de mí y me compró un libro con las obras completas de Poe. A esa edad, en la que mi vida era una sucesión de dolorosas oscuridades, los cuentos de Poe se me clavaron en el alma. Quizá porque en su ambiente tétrico, lúgubre y agobiante me sentía como en casa. El libro sigue conmigo, leído y releído, y en él descubrí a Auguste Dupin y su particular modo de investigar, que me sigue pareciendo un feliz hallazgo.
 

La narración de "Los crímenes de la calle Morgue" no es una novela. Se trata más bien de un relato largo que abre el género policiaco y la novela negra tal y como la conocemos ahora. Poe crea un personaje inolvidable, C. Auguste Dupin, del que el mismísimo Arthur Conan Doyle usó rasgos para crear a su inmortal Sherlock Holmes. Las tres obras protagonizadas por este detective aficionado, “Los crímenes de la calle Morgue”, "El asesinato de Marie Rogêt" y "La carta robada", sientan las bases de las piezas clásicas del género, marcando un equilibrio absoluto de suspense, lógica y detalles narrativos que ayudan a mantener el interés. Poe demostró ser un absoluto innovador y hoy día todas las novelas de crímenes, suspense e investigación criminal deben mucho a esas tres obras.

EDGAR ALLAN POE, UNA VIDA TORTURADA

Nacido en Boston en 1809, está considerado como el mejor autor de cuentos de la historia. Es cierto que su fama se debe más a la literatura de terror y eso a veces empaña sus otras creaciones, que fueron toda una avanzadilla de los nuevos géneros que años más tarde se harían famosos. No sólo comenzó con el género policiaco y de misterio, sino también el de la ciencia ficción y consiguió legiones de lectores fieles que no han hecho más que aumentar. Huérfano desde muy pequeño, fue criado por sus tíos pero nunca tuvo buena relación con su padre adoptivo y la temprana muerte de su tía le sumió en una gran depresión y se convirtió en una de sus obsesiones. Estudió unos años en Inglaterra y volvió a los Estados Unidos para comenzar la universidad. Pero ya entonces bebía demasiado y ese vicio sumado al del juego hizo que fuese expulsado. Su tío le ofreció trabajo pero no duró mucho en él y marchó a Boston a buscarse la vida, publicando allí su primer libro: "Tamerlán y otros poemas".


Se alistó en el ejército y permaneció dos años, durante los cuales publicó un segundo libro de poemas. Gracias a la influencia de su tío consiguió un puesto en la Academia Militar de West Point, pero de nuevo fue expulsado por graves negligencias en el cumplimiento de su deber. Se casa en 1832 con una prima suya de sólo 14 años y empieza a trabajar en un periódico de Baltimore, en el que publicó varios poemas y narraciones suyos. Este trabajo sí le gustaba y tanto empeño puso que se convirtió en el periódico más importante del sur de Estados Unidos. Sus críticas literarias eran feroces y eso le granjeó una importante fama. Durante ese tiempo va perfilando su peculiar estilo y sigue publicando obras como "El escarabajo de oro" o el poemario de "El cuervo y otros poemas", que le llevaron a la cumbre literaria del momento.
 

La muerte de su mujer en 1847 agrava sus problemas con el alcohol y con el consumo de drogas. Tales abusos fueron sin duda la causa de su muerte, sucedida en 1849. Apareció caído en la calle, sin sentido, y falleció sin recuperar la consciencia. Sus miedos, sus angustias, muchas incrementadas por su alcoholismo y su morfinomanía, son la clave de buena parte su creación literaria, como los relatos que hablan del terror a ser enterrado vivo. Pero al margen de esto, fue capaz de crear escenarios únicos y se convirtió en un auténtico genio en la creación de géneros que hasta entonces no existían.

C. AUGUSTE DUPIN, PRECURSOR DE DETECTIVES
"Los crímenes de la calle Morgue" suponen la primera aparición literaria de este detective aficionado. No es un profesional y los motivos por los que ayuda a resolver los crímenes son diferentes en los tres relatos en los que aparece, nunca tiene una única motivación. Su uso del frío raciocinio sumado a una gran inteligencia y a una intuición fuera de lo común, hacen de Dupin un personaje extraordinario del que han bebido todos los detectives creados por las novelas clásicas.
 

Es aficionado a los enigmas, a los acertijos y los jeroglíficos, vive en París y tiene la Legión de Honor del gobierno francés, como se nos irá descubriendo. El método de Dupin, que ahora puede parecernos bastante común, consistía en meterse en la mente del criminal, intentando saber cómo pensaba, y prestar atención a lo que parece banal o accesorio pero que puede tener gran importancia. A Dupin se le considera el primer detective de la literatura y es el prototipo en el que se basaron sus autores para crear a Sherlock Holmes o Hércules Poirot. Incluso Poe utiliza un recurso que posteriormente sería habitual: el las andanzas del detective son narradas por un amigo próximo que le acompaña en sus pesquisas.

Dupin realmente es el germen del género policiaco en la novela y en sus soluciones aporta también la explicación del porqué ha llegado a esa conclusión. Ponía un énfasis especial en el análisis de los hechos y dejaba de lado el común "ensayo y error", tan común en la policía de la época.

 
"LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE"


En la calle Morgue, en pleno París, se produce el brutal asesinato de una madre y una hija en su apartamento. La policía apenas acierta a saber qué es lo que ha podido ocurrir: la puerta está cerrada y nadie parece haberla forzado y el apartamento está en un piso alto. Los testimonios de los testigos parecen contradecirse unos a otros, sobre todo en lo relativo a una supuesta extraña voz, de la que no se ponen de acuerdo sobre el idioma en el que hablaba. Auguste Dupin se pone a cargo del asunto llevado por la curiosidad pero también por el reto que supone tratar de exculpar a un hombre inocente. Su investigación es brillante y muy intensa para, al final, dar una explicación tan extraordinaria como real.

Parece ser que Edgar Allan Poe
se inspiró en un caso real recogido en las memorias del famoso inspector de policía parisino Vidoq. De hecho su admiración hacia este servidor de la ley es lo que le hizo crear a Dupin, ya que su biografía le resultó fascinante.

El asesinato de las dos mujeres ha sido cometido con una crueldad brutal. Acuchilladas y desangradas, con abundantes heridas, dan la sensación de haber sido atacadas por alguien con una fuerza fuera de lo común. Pero ¿y la puerta cerrada por dentro? ¿y la imposibilidad de entrar por la ventana al tratarse de un piso alto? Los testimonios hablan de gritos desgarrados, de golpes y de una voz muy extraña que parece hablar en un idioma desconocido. El modo en que el asesino entró en la casa, mató a las dos mujeres y desapareció en la noche se convierte en un misterio que sólo la mente brillante e inquisitiva de Dupin podrá solucionar. Y la verdad será tan sorprendente como inesperada.



Ilustración de Byam Shaw

DISFRUTANDO DE UN CLÁSICO

He vuelto a releer este relato de Poe antes de escribir esta reseña y de nuevo me ha sorprendido la "modernidad" de los argumentos y del modo de plantear la investigación que Dupin, de la mano de
Poe, lleva a cabo. Hoy día quizá pensemos que son lo normal, lo habitual. Que un detective utilice la inteligencia, la observación y el sentido común actualmente parece lo más usual , pero recordemos que en ese momento nadie había usado ese sistema. La investigación policial era un poco estilo "bulldozer", tratando de conseguir confesiones a cualquier precio y sin demasiados métodos deductivos. Pero Dupin llega con una visión nueva, única, sacando petróleo de detalles que han pasado desapercibidos, escuchando lo que hay debajo de las declaraciones de los testigos, lo que de verdad saben.

"Los crímenes de la calle Morgue" es también el primer crimen de los llamados de "habitación cerrada" y el reto es resolver un enigma que parece no tener solución, porque ha tenido lugar en un ámbito muy delimitado. Es el choque entre la brutalidad del asesinato y el uso del frío raciocinio del que hace gala Dupin. Es, además, un relato en el que Poe deja de lado todos los componentes imaginarios y algo fantasmales de otros relatos y se centra en la inteligencia pura enfrentada a un misterio que parece no poder ser solucionado.

Es cierto que el relato tiene un cierto componente morboso, sobre todo en lo relativo en el modo en que se comenten los crímenes, que es especialmente atroz. El lugar, los detalles, las muertes... todo provoca un constante escalofrío que sólo la privilegiada mente de Dupin es capaz de apartar para poner sobre la mesa su razonamiento y sus deducciones. Poe da en el relato muchos datos acerca del estado de los cuerpos, datos que serán recogidos en las páginas de los periódicos parisinos que, en el argumento, recogen el drama y el misterio. Esa profusión de detalles macabros en un cadáver sólo la he encontrado en el prodigioso y aterrador relato "El gato negro", señal de que
Poe sólo usaba ciertos recursos cuando era necesario y no para regodearse.

Dupin demuestra saber escuchar a los testigos. Formula preguntas precisas, escucha, pone las respuestas en orden. En todo momento mantiene la frialdad ante los hechos, por muy crueles que sean. Su amigo, el que escribe lo que sucede (y del que nunca, en los tres relatos de Dupin, sabremos el nombre), aunque ayuda en lo que puede y acompaña al detective amateur en sus pesquisas, parece simplemente quedarse como mero observador de sus artes indagatorias. Un observador admirado, eso desde luego.
 

Es cierto que el estilo de Poe actualmente pueda parecer un poco rebuscado y poco "natural", pero el desarrollo de la acción está llevado con una maestría fuera de toda duda. El personaje de Dupin, con toda su carga de casi inhumana inteligencia, a veces puede parecernos distante o soberbio, pero tenemos que rendirnos a los resultados. Y es toda una curiosidad contemplar cómo trabaja el pionero de los detectives, el que dio su carta de naturaleza a los que ahora consideramos clásicos. A pesar del estilo y la forma de escribir, te sumerges sin dificultad en el ambiente algo sórdido y oscuro de la calle Morgue y solucionar el misterio se convierte en un reto.

Para mí leer a
Poe siempre es una experiencia a la vez perturbadora y atrayente y el personaje de Dupin hace que la lectura se llene de preguntas que sólo él puede contestar. O te encanta o le odias, como suele pasar con los detectives literarios con un carisma tan arrollador, pero no olvidemos que él fue el primero. Animaos a descubrir a un clásico por excelencia: el primero de todos los clásicos.

Este relato ha sido escrito por Yolanda Rocha Moreno para la V SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA.




Yolanda Rocha Moreno es una madrileña enamorada de su ciudad, que vio su primera luz en Chamberí y pasó buena parte de su infancia junto al Rastro y la Plaza Mayor. Lectora precoz, desde siempre ha sentido predilección por la novela policiaca y de misterio. Aunque ha hecho alguna pequeña incursión en la escritura, leer se ha convertido en su principal pasión. Después de colaborar en otros medios, actualmente administra el blog  "Que el sueño me alcance leyendo".