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Xavi Masip y Rafa Melero, una buena pareja. Antonio Parra Sanz

XAVI MASIP Y RAFA MELERO, UNA BUENA PAREJA
Antonio Parra Sanz
 
Tres son las entregas que hemos conocido hasta el momento de las andanzas del sargento de los Mossos d’Esquadra Xavi Masip, y ya han bastado para que a su alrededor se haya formado un universo muy reconocible para el lector, lleno de nombres y caras conocidas, de gestos y modos de trabajo que logran que el lector alcance la familiaridad con mucha rapidez cuando abrimos las páginas de un nuevo caso.

La culpa, claro está, es de Rafa Melero, que se puso a la faena de presentarnos, ya en La ira del Fénix, a un hombre un tanto peculiar, no misántropo pero sí muy solitario, amigo de encerrarse en casa con una copa de buen vino y una copia del caso correspondiente empapelando sus paredes, o dicho de otra forma, un hombre incapaz de la desconexión profesional.

Con la jugosa creación del “efecto X”, algo con lo que los compañeros de Masip tratan de dar explicaciones a su intuición o a la capacidad de ver donde nadie más lo hace, Melero se guarda un naipe en la manga, el que le permite concederle al propio Masip una parcela de privacidad, la misma que a veces ha estado a punto de arrebatarle algún asesino concienzudo, o incluso alguna compañera que parece sucumbir ante ciertos encantos de su superior.

El caso es que esta pátina de soledad es algo que ya forma parte del carácter de Masip, quien a veces hasta se pierde en la Catedral del Mar para tratar de hallar el camino que le lleve a la resolución de sus casos, y
Rafa Melero deberá asumir en algún momento el reto de hacernos ver si el sargento logra mejorar un poco sus habilidades sociales.

En el plano profesional, en cambio, es donde las novelas rayan la perfección, y no sólo porque su autor conozca muy bien el paño (él mismo es Mosso d’Esquadra), sino porque es capaz de reflejar y transmitir fielmente el funcionamiento y el día a día de sus compañeros, pero sin dulcificarlo, todo lo contrario, mostrando las tripas de la relación policial, ya sea de complicidad entre los miembros de un equipo, o incluso de rivalidad entre equipos distintos.

Y lo mejor es que lo hace con extrema naturalidad, sin abrumar al lector como en ocasiones les puede ocurrir a otros miembros policiales que también escriben. Lo mejor de todo es la celeridad, la precisión con la que los lectores percibimos el día a día de una investigación, con todas sus luces y sus sombras, que no son precisamente pocas.
   
Si volvemos un poco la vista atrás a las novelas de la serie, veremos que Masip ha pasado ya por varios estadios que a otros personajes les habrían costado cinco o seis novelas, es decir, ha sufrido los rigores de un asesino que le desafió por considerarle la única mente merecedora de tal reto, la pérdida de un compañero, el aislamiento del cuerpo con abandono temporal incluido, la ayuda a otro compañero retirado (La penitencia del alfil) que además es de un cuerpo con el que se supone que los Mossos no comulgan, el regreso a su puesto, la amenaza de una mafia, los tanteos con una compañera.

Y todo ello, ya se ha dicho, únicamente en tres entregas, lo que demuestra, por un lado, la potencia del personaje, y por otro la pericia de un
Rafa Melero que no se ha guardado nada cada vez que volvía a reunirse con Masip.
   
Tal vez por ello se agradezca la aparición de un nuevo caso, como el reciente El secreto está en Sasha, porque nos regala a un personaje muy vivo, con sus manías, sus habilidades, sus defectos, pero por encima de todo con un afilado sentido de la profesionalidad, y no sólo para sí mismo, sino también a la hora de dirigir a sus compañeros y lidiar con sus superiores.

Honestamente, si uno tuviera que acudir a un investigador para que le esclarezca el crimen de un allegado, estaría encantado de que Xavi Masip fuera el responsable del caso, porque se aseguraría, para bien o para mal, la resolución del mismo. Amén del ya mencionado “efecto X”, este sargento es de esos policías que tienen las mandíbulas de acero, y una vez que enganchan una presa no la sueltan, aunque tengan que remojarla con el mejor de los vinos.
   
Esperemos que
Rafa Melero continúe acompañando a Masip mucho más tiempo, será la señal inequívoca de que los lectores tendremos disfrute para rato.



Antonio Parra Sanz (Madrid, 1965)
es profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES “Mediterráneo” de Cartagena, profesor de Escritura Creativa en ISEN Centro Universitario. Ejerce como crítico literario del suplemento cultural Ababol, del diario La Verdad, y de la revista Sólo Novela Negra, es miembro del Grupo Promotor del Proyecto Mandarache de Jóvenes Lectores y también del ELACT (Encuentro Literario de Autores en Cartagena). Es uno de los organizadores de Cartagena Negra (CTN). En su blog www.gomesycia.blogspot.com ejerce la crítica literaria y desgrana la actualidad con artículos de opinión.

Ha publicado las novelas de la serie Sergio Gomes Ojos de fuego y La mano de Midas (Premio Libro Murciano del año 2015); Acabo de matar a mi editor y Dos cuarenta y nueve. Es autor de los libros de relatos Desencuentros, El sueño de Tántalo, Polos opuestos, Cuentos suspensivos y Malas artes. Es autor también de los volúmenes de artículos La linterna mágica y Butaca de patio; y del ensayo Tres heridas (Aproximación didáctica a la Antología poética de Miguel Hernández), así como del guión cinematográfico Mala reputación.

 


Volver a casa

VOLVER A CASA
Antonio Parra Sanz
Crear un universo narrativo o literario no es fácil, hay que tener unos personajes potentes, un lugar que los acoja y unos compañeros de viaje a los que poder acudir cuando haga falta, y aun así, el éxito nunca está garantizado, porque a todo ello hay que ir sumando interesantes tramas en cada entrega. Todo lo anterior lo ha ido trabajando Estela Chocarro a lo largo de sus novelas, de ahí que el universo de Rebeca Turumbay y Víctor Yoldi se haya instalado en nuestro imaginario y nos permita alegrarnos cada vez que regresamos a Cárcar o a Pamplona, porque ese regreso es como volver a casa.

Esto ya lo teníamos constatado tanto en El próximo funeral será el tuyo como en Nadie ha muerto en la catedral, las dos entregas anteriores de la serie, pero la prueba más fiable de ello está en que, en esta ocasión, el peso de la trama ha recaído en Víctor Yoldi, mientras nos encontramos a una Rebeca refugiada en Florencia tratando de formarse aún más en el complejo territorio de la restauración artística renacentista. Para quien intuya que puede sentirse un poco decepcionado por ese alejamiento de Rebeca, nada más lejos de la realidad, ya tuvimos ocasión de comprobar que esta serie no es pertenencia exclusiva de Rebeca, sino que hay otros cuantos personajes con mucho peso en ella y con mucho que decir, y cuya presencia es la que contribuye de manera decisiva a dar vida a ese universo antes mencionado.

Así que no hay nada que chirríe cuando Víctor toma las riendas de un caso complejo pero muy bien planteado, y aquí volvemos al cuarto elemento que afianza un ambiente literario: la trama. Estela Chocarro ha sido capaz de implicar en esta novela a algunos personajes a los que vimos en la segunda entrega, y hacerles participar en una intriga en la que hay profundos secretos que tocan las más altas esferas del poder navarro, de manera que incluso extienden sus tentáculos hasta el mundo carcelario.

Entre rejas la fidelidad es oro puro, y eso no pueden tolerarlo quienes se empeñan en salvaguardar sus secretos y su poder. Entre rejas también la vida vale poco, por eso una palabra dada se convierte en un bien moral que puede impulsar a una persona a llegar hasta las últimas consecuencias de sus actos. Todo esto es lo que se encontrará Víctor Yoldi, y con ello tratará de avanzar en una investigación que se remonta a un par de décadas atrás, y en la que se topará con amistades que no resultaron tan férreas como se pretendía, y con oscuras tramas de negocios y poder, dos motores capaces de pasar por encima de cualquier sociedad.

Eso sí, Víctor no está solo, y la ausencia de Rebeca la va llenando con la forense Cristina Zudaire, un personaje al que Estela Chocarro ha colocado en más de un brete, y que parece tener mucho más recorrido quizá guardado para futuras entregas. Además, el grupo del geriátrico sigue al pie del cañón, siempre fiel aunque se eche de menos a la ausente Rebeca, y a su manera también le arrojarán un cable al joven periodista.

Y justo cando las cosas se ponen serias, cuando Víctor ha de entrevistarse con los guardianes de los secretos, aparecen también las amenazas, los avisos para abandonar la investigación, la sombra de algún sicario, las muertes que se intentan hacer pasar por accidentes… Pero el mérito del periodista radicará en no ceder, y mucho menos si intuye que Rebeca puede volver a su lado. Lo demás le corresponderá averiguarlo al lector, a quien cabe decirle únicamente que Estela Chocarro lo ha vuelto a hacer, y además se ha guardado la baza de la propia Rebeca, que sin duda tendrá mucho más que contarnos la próxima vez.



Antonio Parra Sanz (Madrid, 1965)
es profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES “Mediterráneo” de Cartagena, profesor de Escritura Creativa en ISEN Centro Universitario. Ejerce como crítico literario del suplemento cultural Ababol, del diario La Verdad, y de la revista Sólo Novela Negra, es miembro del Grupo Promotor del Proyecto Mandarache de Jóvenes Lectores y también del ELACT (Encuentro Literario de Autores en Cartagena). Es uno de los organizadores de Cartagena Negra (CTN). En su blog www.gomesycia.blogspot.com ejerce la crítica literaria y desgrana la actualidad con artículos de opinión.

Ha publicado las novelas de la serie Sergio Gomes Ojos de fuego y La mano de Midas (Premio Libro Murciano del año 2015); Acabo de matar a mi editor y Dos cuarenta y nueve. Es autor de los libros de relatos Desencuentros, El sueño de Tántalo, Polos opuestos, Cuentos suspensivos y Malas artes. Es autor también de los volúmenes de artículos La linterna mágica y Butaca de patio; y del ensayo Tres heridas (Aproximación didáctica a la Antología poética de Miguel Hernández), así como del guión cinematográfico Mala reputación.

 


Domestic noir. Antonio Parra Sanz

ESTELA CHOCARRO Y EL «DOMESTIC NOIR»
Antonio Parra Sanz
Estamos asistiendo últimamente a una gran eclosión de términos y clasificaciones en lo referente a la novela negra, hasta el punto de que el género está mirando, tal vez demasiado, hacia el interior de sí mismo, posiblemente mitad por sobreproducción mitad por ese afán de etiquetarlo todo, y acaso estemos corriendo el riesgo de perder de vista a quien mantiene vivo el género, nada menos que al lector. Una de esas clasificaciones ha generado el término “domestic noir”, una parcela en la que Estela Chocarro se mueve a las mil maravillas.

Dentro de esas catalogaciones, y en función de la tipología del personaje, habría que establecer algunas distinciones básicas, es decir, investigadores de las fuerzas del orden, investigadores del oficio aunque no pertenezcan a dichas fuerzas, y en tercer lugar investigadores que no son ni policías ni del oficio. A estos últimos se les ha incluido en ese marchamo del “domestic noir”, posiblemente por verse envueltos en una investigación de manera un tanto fortuita.

A este grupo pertenecen Rebeca Turumbay y Víctor Yoldi, los personajes que protagonizan las dos novelas que nos ha regalado Estela Chocarro, «El próximo funeral será el tuyo» y «Nadie ha muerto en la catedral». Una historiadora experta en arte y un periodista, ni policías, ni guardias civiles ni detectives privados, sino miembros de profesiones liberales que se ven asaltados por un crimen y la posterior investigación, y que sin ser expertos en las técnicas correspondientes, aprenden rápido y se las ingenian para llegar hasta el final, lo cual les suele conceder el favor y la simpatía del público.



Estela Chocarro ha sabido ver en ellos a una pareja con cierto futuro, y los ha encadenado en ambas novelas en pos de la resolución de los misterios, pero dejando un amplio margen para lo personal, es decir, que hemos visto aflorar algunas sensaciones desde la primera entrega pero sin que las cosas lleguen a cuajar tampoco en la segunda. Un nuevo motivo para conseguir el cariño del lector, esa tensión no resuelta que a buen seguro será uno de los motores de la próxima entrega. En el plano ya del género, el acierto de contar con una pareja investigadora no es nada nuevo, muchos de los grandes lo han hecho y muchos de los grandes actuales lo siguen haciendo, facilita las cosas, ayuda al reparto de la tensión narrativa y sirve para que sus conversaciones hagan extensivos al lector los avances en cada caso.

Además de esos dos aciertos, la profesión de los protagonistas y su “emparejamiento”, la autora navarra cuenta con otra carta ganadora: el paisaje. En unos tiempos en los que las dos grandes metrópolis hispanas han perdido el monopolio de los escenarios negros, lo rural ha tomado un papel de cierta importancia, y ahí entran tanto Cárcar como Pamplona, ésta última como centro administrativo y neurálgico mientras que la pequeña localidad, de la que es originaria la familia de la propia Rebeca, se convierte en marco de muchas de sus andanzas. El paisaje cercano al personaje se torna así en otra de sus virtudes, y además en el caso de la Turumbay le supone un pozo de información que tiene muchos secretos familiares que desvelarle.

Claro que estos tres ases: la denominación de “domestic noir”, la pareja protagonista y el paisaje, por sí solos, no terminarían de garantizar el éxito si no fuera por los personajes complementarios (en este caso llamarles secundarios sería casi peyorativo), una especie de “comando geriátrico” formado por cuatro ancianos que de vez en cuando le echan una mano a Rebeca. Ahí Estela Chocarro sí que ha encontrado una auténtica mina, especialmente en Daniel el Gallardo, el único familiar vivo que le queda a Rebeca, dotado de un talento especial, tal y como se ha visto en las dos novelas.

Y eso que Daniel no está solo, le acompañan un amor otoñal (más bien invernal), Anastasia Chalezquer; el primer gitano que se estableció en la zona, Patricio, y un jovial y cantarín Marcelo Agreda, cuya mente ya empieza a emitir intermitencias pero al que siempre ha tratado Estela Chocarro con muchísimo cariño. Estos son los otros cuatro pilares de Rebeca, y el lector agradece sus apariciones porque son capaces de ponerle una pausa a la investigación al tiempo que lanzan auténticas lecciones de vida.

Nos queda, para finalizar esta panorámica, el asunto de las tramas, en las que hemos visto una fuerte presencia del arte (no en vano Rebeca trabaja en la Fundación Salvador Dalí) y de la religión, así como las sombras del pasado, ésas que son siempre tan incómodas. Para profundizar en ellas, Estela Chocarro se vale también de un peculiar ritmo narrativo, que ella va incrementando a voluntad, llevando al lector por donde quiere.


Una primera novela exitosa puede ser casual, una fórmula que funcione es suficiente para ello, pero cuando llega una segunda entrega y apuntala a la anterior, hay que pensar en lo único posible, que estamos ante una buena autora, y más cuando se ve a los lectores ávidos de una nueva entrega de esta pareja de investigadores. Hay que desearle, por tanto, larga vida a Rebeca Turumbay, porque seguro que nos va a dar más alegrías
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Antonio Parra Sanz (Madrid, 1965)
es profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES “Mediterráneo” de Cartagena, profesor de Escritura Creativa en ISEN Centro Universitario. Ejerce como crítico literario del suplemento cultural Ababol, del diario La Verdad, y de la revista Sólo Novela Negra, es miembro del Grupo Promotor del Proyecto Mandarache de Jóvenes Lectores y también del ELACT (Encuentro Literario de Autores en Cartagena). Es uno de los organizadores de Cartagena Negra (CTN). En su blog www.gomesycia.blogspot.com ejerce la crítica literaria y desgrana la actualidad con artículos de opinión.

Ha publicado las novelas de la serie Sergio Gomes Ojos de fuego y La mano de Midas (Premio Libro Murciano del año 2015); Acabo de matar a mi editor y Dos cuarenta y nueve. Es autor de los libros de relatos Desencuentros, El sueño de Tántalo, Polos opuestos, Cuentos suspensivos y Malas artes. Es autor también de los volúmenes de artículos La linterna mágica y Butaca de patio; y del ensayo Tres heridas (Aproximación didáctica a la Antología poética de Miguel Hernández), así como del guión cinematográfico Mala reputación.